Estimados amigos, me dispongo a narraos un singular lance, como uno mas dentro del monte, vivido con gran emoción, como cualesquier que se precie en el entorno del campo , donde se practican miles de lances en diferentes modalidades de caza, pero este año el tiempo no esta para esto y posiblemente pasé, un momento apurado a prueba de mortales, llegando a la extenuación y donde algunos de mis mejores perros quedaron exhaustos tras el acontecimiento , no solo por el desgaste, sino por la altísima temperatura que aun nos acompaña, sumado al terreno, que esta para ampliar la temporada de incendios, como pudimos ver la semana pasada.
Me gustaría hacer mucho hincapié en que la caza se desarrolla en un entorno natural, al aire libre y que por mas que queramos anticiparnos con fechas y pronósticos a lo que acontezca la meteorología, esto es impredecible, ( aquí no podemos poner el aire acondicionado, o la calefacción, como en la oficina, esto es la naturaleza, el campo extremeño) así que pediría a todos , sobre todo el que pueda y estime al campo, que se abstenga de ejecutar el arte de cazar en ciertas fechas, dependiendo de cómo se encuentre el entorno, pues puede pasar de ser un día de campo y de disfrute , a ser un día de pesadilla y con serios problemas para nuestros fieles amigos y para nosotros mismos. A la pruebas me remito con mi ultimo episodio vivido el sábado en tierra del suroeste de Extremadura.
Como otro día más y con toda la expectación puesta en salir un día mas al campo a cazar con mi rehala, me persono en Jerez de los Caballeros, allí mi amigo Carlos Casilda, prepara una pequeña batida para 30 puestos, me había convocado para que participase en ella. Todos andábamos por allí a las 8 de la mañana, para intentar agilizar lo máximo posible y pasar el día lo más ameno ante las elevadas temperaturas que se prevén. Pues dadas las recomendaciones de ultima hora, todos a sus puestos y nos toca salir a nosotros. Sobre las 10 de la mañana ya estábamos dispuestos para soltar, el campo a rabiar de seco, ni una señal de otoñada, al contrario polvo por todas partes. Recibimos las ordenes de Carlos y procedimos a la suelta, tras la primera toma de contacto con el monte bajo que allí poblaba, podía comprobar como un fino polvo salía de las retamas y penetraba en mi garganta, era cuestión de no seguir a los perros muy de cerca, pues animando los perros con mis voces, difícilmente puedes cerrar la boca y no tragar el molesto polvillo que suelta el monte. Pasamos por un arroyo que aun corría, por fortuna para nosotros, los perros, se refrescaron y continuamos con la batida. Yo debía subir a lo alto de la sierra, pues me toca a mí esta vez tomar la mano alta. En el empinado ascenso podía ver las innumerables pistas que había por allí de cochinos, esto hacía que no desfalleciésemos en nuestro empeño de animar a los perros y sacar algún jabalí del espeso monte. Pero el sol en aquella resolana pegaba de lo lindo, me persone en lo alto de la sierra, no sin sudar bien la camiseta, que por aquellos entonces ya llevaba mojadita. Llevo 2 recovas mas por debajo mía y mis compañeros van mas avanzados que yo, intento acelerar el paso, pero por allí es imposible el andar mas rápido, no existen vereda, el monte es muy tupido, mucho, bastante, las aulagas secas como cardos y bastante incomodas se enredan con las charnecas que arañaba sus hojas hasta la ultima parte del cuerpo mejor cubierta. Entre tanto mal rato siento como un perro da de parado a unos 500 metros delante de mí. Escucho, espero, para un momento y aquello se acentúa, no lo dudo mas y comienzo la trepidante prueba, (os aseguro que a mi jamás me dio miedo el monte espeso, por arriba o por abajo siempre lo e flanqueado, pero la prueba de hoy era muy difícil. La distancia es mucha y es imposible siquiera correr.
Momentos de agobio, muchos recuerdos en la cabeza, sobre todo hacia aquellas personas que desde los despachos se precian a permitir que se continue con la temporada a expensas de cómo esta el campo, entre mas corres, mas parece que se te enredan las charnecas en los pies, ahora unas cuantas de hojas ásperas se te entran por el cuello hasta quedarse en medo de la espalda, luego otras por la manga, no hay tiempo para quitárselas, sigues corriendo con ellas, la cabeza no deja de pensar a velocidad endiablada de lo que esta o puede estar sucediendo, las aulagas se ceban en tus piernas incluso llegan a la pantorrilla donde se clavan como alfileres , pero que nada hace detenerte para salvar a tus preciados perros de lo que puedan esta pasando. El cochino no avanza, esta trabado por los perros y tampoco suena ninguna queja que pueda ser una hembra, o tal vez un joven marranchón. La carrera se hace mas pesada y el polvo que suelta el campo va haciendo efecto en mi garganta, correr, respirar, desenredarse del monte y ese polvillo que desprende el monte cada vez mas en la garganta, hacen de esto una autentica pesadilla. Fueron dos veces las que mi gorra quedo prendida entre el monte cuando de rodillas intentaba pasar lo mas rápido posible por aquella impenetrable selva. Pero más bien diría que fueron miles de veces las que volví un par de metros por la gorra. Cada vez estaba mas cerca y el corazón se salía del pecho, estaba tardando demasiado, el calor era impresionante en aquel monte y sabia que mis mejores perros de agarre no aguantarían aquel lance. Tras descubrir unas cuantas aulagas mas y en un pequeño claro muy pequeño donde se había producido el agarre, me encontré allí a mi compañero, de la mano baja que había subido y que se encontraba mas adelantado, tenia al cochino agarrado por una pata pues los perros ya no podían sujetarle, el intenso desgaste hacia que algunos estuvieran tendidos alrededor del magnifico cochino como si hubiesen sido heridos, no lo dude y acabe rápidamente con la vida de aquel viejo jabalí. Al momento pase revista de los perros y como por arte de magia allí nadie había sido herido, era increíble, un cochino con aquellas defensas y nadie sin señales de ser prendido por los colmillos de aquel viejo animal. Pero entre otras cosas mire para mi compañero que apunto estaba de sufrir un desmayo, rojo como una "guzzi", y con cara de muy sofocado intentaba de tomar aire, tardo varios minutos en responder a palabra alguna. Saqué la botella de agua y tomamos un poquito, pero era aun peor, tragar con la garganta llena de polvo, nos hacia a todos vomitar por el gran picor que nos producía, era momentos de reflexión y aun no salíamos de nuestro asombro al vernos como estábamos. No solo exhaustos, sino porque con lo que habíamos tragado en el monte era imposible tragar, así que, nos fuimos calmando y intentado refrescarnos algo. Que con el tiempo conseguimos.
La batida continuo, algunos mas jóvenes cochinos llegaban a las puertas, como podíamos comprobar con el aumento de los disparos, la caza salía antes de llegar y pocas ladras se escuchaban que hiciesen llegar a los cochinos, los perros estaban muy cansados y el campo no estaba para cazar, los rastros era imposible seguirlos y cuando llegábamos a algún buen encame, los perros apenas le podían perseguir una par de minutos, pues si costaba andar en el monte, seguir tras el polvo de un jabalí, en las condiciones que se encuentra el monte es misión imposible.
La organización nos tenia preparado una cantaras con agua, en la traviesa donde era nuestro final, así que dimos agua a nuestros perros que nos lo agradecieron enormemente y vuelta a los camiones. No sin antes tener que cargar con algún buen puntero que ya le era imposible el regresar. Mucha distancia queda hasta la suelta, pero si ellos lo dieron antes por mi ante aquel fabuloso macareno ahora no les puedo quedar desamparado en el medio del monte, así que toco echármelo a cuesta y pasear por el alto de al cuerda ya de regreso a la suelta.
Esta es sin más otro de los episodios que nos acontecen un día más en nuestras acciones de caza. Para cualquier cazador no será mas que otra mera historia, pero para aquel que sea un entusiasta seguro que sabrá valorar el esfuerzo y la dedicación que tenemos los rehaleros antes nuestros perros y los momentos difíciles que pasamos dentro del monte.
